La Bella y la Bestia

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Hace unas semanas, escribía: “no se necesitan muchos actores para llenar el escenario, ni una historia muy elaborada para ocupar todas las butacas”. Hoy, puedo añadir que tampoco hace falta que los artistas sean unos expertos para que aplauda hasta no notarme las manos. Nunca hay que subestimar a nadie, ni siquiera al más pequeño de la casa, porque nunca sabes hasta qué punto te sorprenderá.

Un cuento infantil, llevado a la animación, y por supuesto, al teatro. ¿Qué obra es, si no La Bella y la Bestia? Habrá sido representada infinitas veces, pero ninguna de ellas es igual a la anterior. Desde el sábado 14 de junio, Monóvar tiene su propia versión.

Cualquier buen resultado, conlleva un gran trabajo y una gran responsabilidad. Ocho meses se dice rápido. Pero es mucho tiempo. Tiempo que pasa en un abrir y cerrar de ojos. En realidad, han sido ocho meses con decorados y trajes hechos a mano, con un grupo grande de niños a los que coordinar, con guiones que memorizar, y partituras y canciones que aprender. Después de tantos días de espera, había bastantes expectativas y muchas miradas puestas en el musical: desde los familiares y amigos, hasta los propios artistas. Sin olvidarnos de los más pequeños, que ya venían preparados de casa.

¿Y qué sería de La Bella y la Bestia sin música? Yo reconozco que tengo muy poco oído musical. Nunca lo he tenido. Pero sí que me he dado cuenta de una cosa, y es que los directos desprenden una magia de la que solo se puede disfrutar una única vez. Habría sido mucho más fácil buscar la banda sonora de la obra en internet, reproducirla el día de la actuación y cantarla, pero sinceramente tiene más mérito que La Artística de Monóvar acompañara a los actores en el escenario. Ese toque tan personal, hizo que esta versión fuera especial.

Lo bueno de cada función teatral es que es única e irrepetible. Precisamente por eso, se disfruta más. Por mucho que veas una obra, cada vez te transmitirá sensaciones diferentes. Gracias al mundo de la interpretación, ves cómo personas a las que conoces de puertas para afuera, se convierten en otras con solo pisar el escenario. Es entonces cuando te das cuenta de que tus hijos, hermanos, primos y amigos son ahora Bella, Bestia, Gastón, Lefou, Maurice, Ding Dong o Lumière. Quizás solo sea el hechizo de la anciana mendiga, que llega a todos los rincones del teatro y transforma a todos y cada uno de los artistas.

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